14 de Abril de 2010

Agujeros

Fue Carlos Cesante el que nos contó, en el último recreo de octavo de EGB, la historia del dónut, ese dulce famoso por su agujero. La idea -dijo Carlitos- la tuvo un marinero holandés al que siempre le quedaba la masa de los pasteles poco horneada en el centro; un día cogió el tapón de un salero, lo clavó en el corazón de una de sus bolas de aceite y eliminó el problema. Ese día, en alta mar, nacieron los dónuts.

Un dónut costaba 49 pesetas en 1988 -aún no había euros-. Nosotros pagábamos con una moneda de 50 y el tendero, que casi nunca tenía monedas de una peseta, nos devolvía un chicle de menta como cambio. Ganaba por partida doble: vendía un dónut y un chicle; nosotros no protestábamos, mascábamos. ¿Quién iba a reclamar una peseta?

Los inventos españoles casi siempre incluyen un palo: la fregona, el futbolín, el helicóptero o el Chupa-Chups, todos con su palo reglamentario. A los holandeses, en cambio, les chiflan los agujeros. No se conformaron con el dónut, que exportaron a EE.UU, también inventaron el telescopio, el microscopio y Gran Hermano, agujeros como cerraduras para espiar la vida.

Tres holandeses han patentado ahora una tipografía ecológica y económica a partes iguales, la Ecofont. ¿El truco? Agujeros. Gracias a unas perforaciones inapreciables logran reducir el consumo de tinta -el líquido más caro del mundo- hasta un 20%. Desaconsejan, eso sí, su uso a gran tamaño; a partir de 18 puntos los documentos parecen escritos con un mecano.

Es junio del 88. Después de ilustrarnos sobre el origen del dónut, Cesante se detiene en la puerta de la tienda: “Hoy es el último día del curso, dejad que os invite”. Accedemos, claro está. Carlitos pide al tendero cuatro dónuts y éste se los entrega: “Son 196 pesetas”. Entonces Carlos Cesante saca de sus bolsillos montones de chicles de menta y los pone sobre el mostrador: “Aquí tiene; hay 196 chicles, uno por recreo. Puede contarlos”.