Las herramientas más devastadoras se gestaron con la convicción de que haríamos un buen uso de ellas; son deudoras de las mejores intenciones de nuestros antepasados: la corriente alterna -para acostarnos más tarde que las gallinas-, la dinamita -para la minería-, el napalm -un combustible duradero-, la pólvora -para festejos-, o el avión -para desplazarnos-. Inventos muy celebrados en su momento que fueron recibidos como grandes logros de la humanidad.
Sucede que después una mariposa agita sus alas en las antípodas de la buena fe y el destino, que no sabe de libres albedríos, decide que hay que usar la pólvora para invadir Polonia tarareando a Wagner; o iniciar una represión en China; o estampar el avión contra aquellas torres; o dinamitar unos trenes. Y se conecta el cable de la corriente alterna a la silla inocente, y la pasarela de Bagdad marca tendencias en Oriente Medio con el cinturón explosivo, el último grito; la última moda en maldad.
Google ideó una herramienta que habrían soñado Hitler, Mussolini o Franco, el censor automático -ContentID-. Incapaces de visionar los miles de horas de vídeo que se suben al día a YouTube, sus ingenieros crearon un programita que rastrea los fotogramas y detecta, entre otras cosas, violaciones de copyright. No hay que ser muy listos para adivinar que esta tecnología, pronto, acabará empleándose con fines menos benignos. De momento, el software ya se ha usado para secuestrar la risa.
Los responsables de Constantin Film, productora de la película alemana “El hundimiento” (Der untergang), que cuenta los últimos días de vida de Adolf Hitler, se cansaron de que los usuarios de YouTube parodiasen una escena de la película y decidieron usar el programita de Google. Amparados en la defensa de los derechos de autor, olvidaron que las personas que crearon esos vídeos son también autores amparados por el “fair use” estadounidense: “uso con fines de crítica, comentario, investigación (…); sin ánimo de lucro”.
Los directivos, que se vanaglorian públicamente de poder pulsar el botoncito de la censura cuando les viene en gana -como si de un juguete se tratara-, demostraron que andan tan faltos de sentido del humor como de visión comercial; esas parodias, curiosamente, han sido en los últimos años la mejor campaña de marketing para una película con un presupuesto austero. En fin, la culpa -nos dirán- es de las mariposas.