No ha habido una sola mañana, en los últimos quince años, en la que no se hayan hecho millones de bromas en todo el mundo acerca de Bill Gates, el magnate de la informática doméstica, y sus productos; y no ha habido una noche, en estos tres lustros, en la que Bill no se haya ido a la cama siendo aún más rico que la tarde anterior. Nuestra acidez siempre fue directamente proporcional al incremento de su fortuna. Cada vez que nosotros afirmábamos que la única diferencia entre Microsoft Windows y un virus informático era el precio, Bill estaba girando la manivela de su caja registradora; y se divertía más que nosotros porque reía el último.
Bill Puertas, oriundo de Seatle, Washington, de donde no llegó la naranja guachintona, se ganó la vida milagrosamente bien con sus ventanas, que siempre tardaban más de lo deseado en abrirse, que se atascaban justo en el instante de enviar ese e-mail de diez párrafos y que de tarde en tarde caían en un coma azulado sólo reversible mediante electroshock. Bill era el muchacho que mostraba en público su última creación, luciendo una sonrisa rutilante, segundos antes de que un error fatal del sistema lo convirtiese en diana de nuevos chistes informáticos. A nadie parecía importarle demasiado aquella fatalidad sobrevenida o que a Bill lo hubiese mirado Falconetti. Era algo asumible y él, como nosotros, podía seguir riendo.
La hegemonía de Windows, paralela a la ascensión de Gates, se acaba. Los días del glorioso domador de la ofimática tocan a su fin y sólo queda aguardar a que el éxito acumulado se diluya como polvo en un reloj de arena. La informática es una pistola de juguete que dispara balas de verdad; cada ausencia del sistema cuesta miles de euros a las empresas; la pereza de Windows, en cada una de sus versiones, supone ahora una depresión en la cuenta de resultados. Se precisa fiabilidad, robustez, audacia; hay que ser más digitales, más productivos. Microsoft tuvo quince años para mejorar sus productos y no lo logró. Otros, menos chistosos, están preparados para el cambio de tercio. Toca la banda y el trompetista tiene un iPad.
Como las hombreras, Microsoft pasó de moda. Hay que reconocer a Bill Gates la hazaña de transformar la informática en una gozosa necesidad, un recurso que conecta el mundo. Pero el chico brillante de Seatle es historia, pasado. No hay tres o cuatro diseñadores en las pasarelas del software como en los ochenta sino miles de medianas empresas con vocación multinacional. Las aplicaciones informáticas y las redes de datos son parte de nuestra vida; todo lo que nos rodea depende de esos ceros y unos, en una posición y proporción exactas, sin margen de error: la seguridad de las rutas aéreas, la prosperidad comercial, la paz en las fronteras o la venganza de los impunes. La era digital es una prensa hidráulica que acható la tele de la abuela. Un efecto 2000, hoy, tendría consecuencias catastróficas; ya no sería una simple anécdota.