17 de Mayo de 2010

El pobre hombre

Un periodista deportivo nos obsequió la semana pasada, en directo desde Hamburgo, con una lección de humanidad. Para la demostración empírica se valió de un mendigo y de un grupo de españoles que pasaba por allí para ver un partido de fútbol. Pidió al cámara que enfocase al mendigo para que el telespectador comprobara que no había truco, que se trataba de un indigente real y no de Samanta Villas en pleno rodaje de 21 días y, a continuación, quiso que los aficionados alegrasen el día al vagabundo llenando su platillo.

A las pocas horas la red ardía en mensajes de repulsa por la acción del cronista: miles de peticiones de cese inmediato en las redes sociales, una verbena de calificativos en los blogs y cientos de menciones en los digitales. Algo impensable antes de la aparición de Internet. Llegó a tal extremo el revuelo que, en menos de veinticuatro horas, el mal humorista se vio obligado a pedir excusas públicamente argumentando su gracia sin gracia. Treinta y cuatro segundos bastaron. Esclarecedores.

El periodista nos contó que educaba a sus hijos en valores como la solidaridad -no nos dijo si el programa incluía clases prácticas- y que, como “parecía que había gente molesta, les pedía disculpas” (el error gramatical es suyo). Ahí quedó el asunto… Se trataba, claro está, de preservar su imagen pública, de contener a la cabreada audiencia. De haber mediado arrepentimiento no habría pedido disculpas a los miles de españoles molestos; habría bastado, como nos enseñaron nuestros padres, con pedirlas al hombre pobre, el único en esta bufonada que no demostró ser un pobre hombre. Y eso no lo hizo.