Habría sido más sencillo salir a la calle y golpear a una anciana con la escoba robada en el supermercado. Injuriar al juez de paz después de intentar sobornarlo. Encender una cerilla en la gasolinera. Disparar al último venado de las Pampas para hacerse un llavero de piel. Cruzar la frontera de Texas disfrazado de Bin Laden. Desenterrar a John Lennon para pedirle un autógrafo… Si Gerónimo quería cantar en el coro de la cárcel o invertir el resto de sus días en pintar matrículas a mano, cualquiera de estas opciones habría resultado menos compleja que redactar una ley para autoencarcelarse.
Gerónimo Vargas Aignasse, diputado argentino por Tucumán, quiso ser la excepción que constata esta regla universal: nuestros políticos son siempre más ineptos que los foráneos. En la redacción de un proyecto de ley para endurecer las penas por plagio, con hasta seis años de cárcel para los infractores, Gerónimo utilizó textos de la Wikipedia sin citar su origen e incurrió en la misma falta que perseguía: plagio. El diputado, con recursos para todo -ajenos, claro está-, asegura ahora que no estaba obligado a revelar sus fuentes. Quien hizo la ley -cuentan volando los que no corren-, hizo la trampa; y Gerónimo, ese día, tenía prisa.